A continuación está la respuesta a la pregunta ¿El aprendizaje es algo tan trivial que se puede observar y medir con base en unas simples preguntas a propósito de unos contenidos cualesquiera?
Cuando se piensa en la evaluación de los estudiantes, generalmente se piensa que con la realización de un examen es suficiente. ¿En que medida es esto correcto? Si el examen se remite a esperar respuestas inequívocas, ya esperadas, los límites de la evaluación no van más allá de la memorización. En cambio si el examen está orientado a la puesta en práctica de los conocimientos adquiridos por el estudiante y los aplique en la resolución de problemas específicos relacionados con su propia realidad, los resultados serán más significativos por lo que significa el despliegue de competencias diversas para resolver problemas mediante, por ejemplo, la interpretación y contrastación.
En este sentido, no se puede considerar al aprendizaje como algo trivial. Si así ocurriera, sólo nos quedaríamos en lo común y corriente, en lo “que todo mundo sabe y conoce”, pero no se avanzaría en los diversos niveles del conocimiento. El aprendizaje no es cualquier cosa ni se puede obtener en cualquier parte. Este es un proceso en el que los sujetos se involucran porque tienen interés de conocer aspectos nuevos de la realidad, y que se consolidan tomando en cuenta las características de los individuos cognoscentes.
El ser humano se distingue por su capacidad para transformar la realidad, la naturaleza. Pensar que con unos cuantos conocimientos, desarticulados y no en función de las necesidades, se puede aspirar a lograr el dominio de la naturaleza y por tanto, la transformación del entorno, sólo es una apreciación, de miradas cortas, sin posibilidades de futuro; es decir que si no se atiienden las necesidades reales de los estudiantes en el proceso de aprendizaje, no se estará en condiciones de resolver los problemas que la realidad nos presenta. Por eso es importante considerar los distintos tipos de contenidos que se pueden evaluar: conceptuales y factuales, procedimentales y actitudinales, pues es necesario conocer el saber, el saber hacer y el saber ser.
Cuando se piensa en la evaluación de los estudiantes, generalmente se piensa que con la realización de un examen es suficiente. ¿En que medida es esto correcto? Si el examen se remite a esperar respuestas inequívocas, ya esperadas, los límites de la evaluación no van más allá de la memorización. En cambio si el examen está orientado a la puesta en práctica de los conocimientos adquiridos por el estudiante y los aplique en la resolución de problemas específicos relacionados con su propia realidad, los resultados serán más significativos por lo que significa el despliegue de competencias diversas para resolver problemas mediante, por ejemplo, la interpretación y contrastación.
En este sentido, no se puede considerar al aprendizaje como algo trivial. Si así ocurriera, sólo nos quedaríamos en lo común y corriente, en lo “que todo mundo sabe y conoce”, pero no se avanzaría en los diversos niveles del conocimiento. El aprendizaje no es cualquier cosa ni se puede obtener en cualquier parte. Este es un proceso en el que los sujetos se involucran porque tienen interés de conocer aspectos nuevos de la realidad, y que se consolidan tomando en cuenta las características de los individuos cognoscentes.
El ser humano se distingue por su capacidad para transformar la realidad, la naturaleza. Pensar que con unos cuantos conocimientos, desarticulados y no en función de las necesidades, se puede aspirar a lograr el dominio de la naturaleza y por tanto, la transformación del entorno, sólo es una apreciación, de miradas cortas, sin posibilidades de futuro; es decir que si no se atiienden las necesidades reales de los estudiantes en el proceso de aprendizaje, no se estará en condiciones de resolver los problemas que la realidad nos presenta. Por eso es importante considerar los distintos tipos de contenidos que se pueden evaluar: conceptuales y factuales, procedimentales y actitudinales, pues es necesario conocer el saber, el saber hacer y el saber ser.